martes, 21 de febrero de 2017

Estos días tenemos en marcha otra de las escenas del taller de escritura, y por eso quiero




aprovechar para publicar una entrada hablando de algunas de las claves para escribir un

cuento, un relato corto o un microcuento como los del taller.

Como sabéis, uno de los requisitos para participar en el taller es que los textos que nos

enviáis no pueden tener más de 750 palabras. La pregunta es: ¿se puede realmente

contar una historia con 750 palabras? ¡Por supuesto que sí! Y con muchas menos. Solo

hay que tener en cuenta que los mecanismos para contar no funcionan igual que los de la

novela.

Veamos cuáles son algunos de esos mecanismos a través de este decálogo para escribir

cuentos cortos:
1. Céntrate en la acción
Que no en la anécdota. El cuento no es solo una anécdota, ya que cuenta una historia,

pero la narración ha de estar más condensada que en la novela y centrarse en lo que

sucede, sin tiempo ni espacio para otras disertaciones.
En el cuento no hay lugar para largas descripciones o extensas divagaciones

morales o psicológicas. Esto no quiere decir que el cuento tenga que ser simple y




carecer de estos elementos. Pueden estar, pero en forma de subtexto, escondidas entre

líneas o dichas directamente con las palabras justas. ¡Es todo cuestión de espacio!

Hace tiempo leí una frase que se me quedó grabada: una novela de ciencia ficción

describe un mundo de ciencia ficción; un cuento de ciencia ficción narra hechos de ciencia

ficción. Sin embargo, ambos géneros pueden hacernos reflexionar al leerlos.
2. No quieras abarcarlo todo
A veces pecamos de querer contar historias muy ambiciosas que no tienen cabida en un

relato corto. Recuerda que el cuento, por lo general, debe ocurrir en un espacio de





tiempo breve, tener pocos personajes principales (2 o 3 como mucho) y una

localización principal. Si no logras adaptar tu historia a estas premisas, puede que estés




ante una novela corta y no de un cuento corto.
3. Busca una idea y simplifícala
Toda idea puede simplificarse siempre, sólo hay que darle una vuelta. Por ejemplo,

queremos contar la historia de un hombre que, tras pasarse muchos años dedicado a su

trabajo, logró alcanzar el éxito profesional. Fue un tipo importante, ambicioso y que llegó a

lo más alto, pero a costa de arriesgar su vida personal. Con el tiempo, cometió una serie

de errores y se arruinó, dándose cuenta de lo que realmente era importante.

¿Se puede contar una historia así en apenas 750 palabras? Sí, pero solo si la

simplificamos. Para ello, busquemos el instante con mayor fuerza, el momento de impacto

de la historia, así sabremos dónde hay que centrarse. Yo creo que el punto álgido lo

encontramos cuando se da cuenta de que se equivocó, por ello creo que deberíamos

contar la historia cuando ya lo ha perdido todo.

Por ejemplo, Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina del centro de

la ciudad, en una zona de oficinas cerca de donde él trabajaba tiempo atrás. Los mismos

ejecutivos entre los que él se incluía antes, son ahora los que le ignoran y pasan por su

esquina sin mirarle.

Recuerda, cuando tengas tu idea, simplifícala: busca el impacto, el instante.





4. No lo cuentes, muéstralo
Este debe de ser el consejo en el que más se insiste en cualquier libro o artículo sobre

escritura, ¿verdad? Pero es que resulta fundamental y muchas veces se nos olvida, sobre

todo a la hora de escribir cuentos.

Un cuento no es un resumen de una historia, sino una historia en sí. Tomando el

mismo ejemplo del punto anterior, podríamos decir que Fulanito es un mendigo que cada




mañana pide en una esquina cerca de donde antes trabajaba. Entonces tenía mucho éxito,

aunque se acababa de divorciar y no tenía mucho tiempo para sus hijos porque solo le
importaba su trabajo bla, bla, bla… ¿Qué es esto? ¿Es una historia o el resumen de una
historia? En realidad es lo segundo.

Para narrar la historia tenemos que centrarnos en el instante, en la acción: Fulanito cuenta

las monedas de su caja y se da cuenta de que no ha sido una buena mañana. Apenas si le

alcanzará para tomarse algo caliente… Mostremos lo que ocurre, demos imágenes,

enseñemos la historia a través de la acción.





5. Mantén la estructura

Aún siendo un relato muy corto, todo cuento ha de tener una introducción, un nudo y

un desenlace. Por ejemplo: “el mendigo contando las monedas en su esquina y los




ejecutivos pasando ante él envueltos en su abrigo” sería la introducción. Es lo que nos
sitúa en la historia, en el qué, quién, dónde y cuándo.
El nudo podría ser “el mendigo está preocupado porque necesita tomarse algo caliente

pero no le llega el dinero. Sigue pidiendo pero los ejecutivos lo ignoran.” El desenlace sería

el final que le demos. Por ejemplo: “alguien se apiada de él y le da el dinero para que se




tome el café”.
6. No lo des todo, sugiérelo

En el cuento es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Como decíamos




antes, no hay lugar para disertaciones, así que olvídate de explicar que el mendigo se

siente mal por su situación o que se arrepiente de haber perdido a su familia. Eso ha de

quedar implícito en la acción. Deja que el lector lo deduzca.

Por ejemplo, en lugar de explicar que el mendigo tenía familia y la perdió junto con su

trabajo, podemos hacer que entre los ejecutivos que cruzan ante él, el mendigo reconoce a

su hijo e intenta decirle algo. Sin embargo, el hijo se vuelve hacia él con cara de fastidio y,

sin reconocer a su padre, le da una moneda, solucionando el problema de tomar algo

caliente esa mañana. Pero, obviamente, al mendigo ya no le importa el café.
6. Cada frase cuenta

Del principio al final, cada frase del cuento tiene que estar ahí con una función. Si tienes

poco espacio, pocas palabras, aprovéchalas bien. Esto no es necesario hacerlo en la




primera escritura, pero sí en la revisión. Desmenúzalo, analiza cada frase, cada elemento,

y piensa qué función cumple en la historia. ¿Es imprescindible? Si la esencia del texto se

comprende sin esa frase, elimínala.
7. Mantén el suspense
No des toda la información al inicio. Dosifícala y lleva al lector hasta la última

palabra. Si contamos de partida que el mendigo era antes un ejecutivo y que acaba de




encontrarse con su hijo, luego nos quedamos sin dinamita.

Siempre que puedas, intenta que al final del texto haya un giro, un golpe de efecto, una




sorpresa. Que esté justificada, claro, pero que dé un nuevo sentido al texto.

Es mejor empezar por el mendigo con frío que ha de conseguir dinero para algo caliente.

Así creamos un buen punto de partida. Luego podemos contar ya que él antes era uno de

esos ejecutivos que ahora le ignoran, porque esto nos produce más curiosidad sobre el

personaje. De pronto, reconoce a alguien entre la multitud y llama su atención (más

intriga). Esta persona no le reconoce, pero le da dinero, aunque al mendigo ya no le

importa el dinero, porque el ejecutivo era su hijo (dejamos el golpe de efecto para el final).
8. Impacto posterior

Una de las cosas más difíciles pero también de las más importantes es lograr que el

cuento deje huella en lector. Una vez haya terminado, el texto ha de dejar un eco en su




interior, una reflexión, un sentimiento.

Para ello, la última frase es fundamental. Si logramos que contenga un giro o una




imagen impactante que arroje luz sobre el resto de la narración, estaremos en el buen

camino.

Volviendo al caso del ejemplo, lo ideal es llegar al final sin saber quién es el ejecutivo al

que el mendigo ha reconocido y que acaba de darle el dinero. En esa última frase (que

además debería ser corta, sencilla y directa para causar mayor impacto) revelaremos que

se trata de su hijo (un buen giro final) y dejaremos entrever que el mendigo ya no está

preocupado por el dinero (ni lo mira), sino que observa cómo su hijo se aleja sin poder

hacer nada para evitar que cometa los mismos errores que él cometió en el pasado.
9. Ambienta con poco
No tienes espacio para descripciones largas ni disertaciones, pero el cuento también ha de

tener ambientación para envolver al lector. Para ambientar en un texto muy corto, usa

el tono, el narrador, el lenguaje y selecciona las palabras adecuadas. No es lo mismo

decir “ciénaga” que decir “pantano”; tampoco es igual “bruma” que “niebla”. Cada palabra

te ayuda a construir la atmósfera. Elígelas con cuidado.




Por ejemplo, para la historia del mendigo, nos encontramos en una ciudad, una mañana de

invierno en la que hace mucho frío, pero no es necesario decir todo esto. Podemos ver el

frío en el vaho que sale de la boca del personaje o haciendo que se frote las manos

envueltas en guantes antes de contar el dinero. Incluso, mejor aún, podemos verlo todo a

través de los ejecutivos que entran en sus oficinas envueltos en gruesos abrigos mientras

ignoran al mendigo. En esta imagen sabemos que es una ciudad, que es por la mañana,

es invierno y hace frío.
10. La importancia del título
Tenemos muy poco espacio para desarrollar nuestra historia y ya hemos dejado claro que

cada palabra cuenta, ¿verdad? Pues tengamos algo de picardía y aprovechémoslas bien

todas. El título es un espacio extra que puede resultar muy útil. Lo ideal: que sugiera,

intrigue y arroje una nueva luz sobre el texto una vez se haya terminado su lectura.




¿Se os ocurre algún título para el relato del mendigo que cumpla estas características?
11. Una regla extra para escritores de

cuento
Por último, aunque ya nos salgamos de las 10 reglas del decálogo, nos queda un consejo

fundamental para cualquier escritor que quiera dedicarse a escribir cuentos, aunque no

tenga que ver con la escritura en sí: tenemos que leer cuentos. Si queremos entender




cómo funcionan y cómo se escriben, es fundamental que los conozcamos. Hay que leer a

Chéjov, a Horacio Quiroga, a Cortázar, a García Márquez, a Poe, a Borges, a Saki, a Ray

Bradbury, a Bioy Casares, a Benedetti, a Monterroso… Tantos cuentos como se pueda.




Y hasta aquí las reglas fundamentales para escribir un relato corto. ¿Qué os han parecido?

¿Alguna más que añadiríais a la lista? Y, ¿qué me decís de los cuentos? ¿Soléis leer

muchos? ¿Algún cuento o cuentista que os parezca imprescindible?

¡Feliz escritura!

CÓMO ESCRIBIR UNA BUENA ESCALETA (Y

PARA QUÉ)
por Sergio Barrejón.
No se puede. No existen las buenas escaletas. No escribas escaletas. Huye de las

escaletas como del demonio.

Cuando digo escaleta, me refiero a lo que las productoras de ficción españolas llaman

escaleta. Que no es lo que en guión de programas se llama escaleta, sino lo que en cine

se llama un tratamiento secuenciado.
Sí, es un lío de aúpa. Pero así es nuestra “industria”. No tenemos un léxico unificado, ni

un formato unificado, ni un convenio para trabajadores autónomos… Y así nos va. Pero


hablemos de escaletas.

Situación: te llaman para hacer el proyecto de una serie. Quieren una biblia, un mapa

de tramas y el guión del primer capítulo. No hay mucho tiempo (qué curioso).

Tampoco hay mucho dinero (oh sorpresa). Negocias, y te dicen “bueno, en vez del


guión, puedes entregarnos sólo… LA ESCALETA”.

Y tú piensas “bueno, trabajo que me ahorro“.


ERROR.

Pelea por el tiempo que tienes para hacerlo. Pelea por el dinero. Pero asegúrate de

que el encargo incluye el guión, no la escaleta.

En primer lugar, redactar una escaleta no ahorra una cantidad significativa de

trabajo. Es un documento que ya te requiere el 75% del esfuerzo que te requeriría


redactar directamente el guión. Porque antes de eso, tienes que haber concebido la

estructura de la historia, tienes que haberla tramado, tienes que haberla subdividido

en escenas, aunque cada escena se reduzca a un post-it.

Tienes que haber cimentado y estructurado todo el edificio. Sólo te falta poner las

paredes, las ventanas y unas pocas tejas. Elementos imprescindibles para entrar a


vivir en el edificio, sí. Imprescindibles, pero no estructurales.

Con todo ese trabajo previo, tu cuerpo te estará pidiendo ya que te lances a escribir el

guión. Es lo lógico, y lo deseable.

Redactar una escaleta es como coger esa sólida y admirable estructura… y ponerle un

tejado de lona y unas paredes de corchopán. ¿Y para qué? ¿Sólo para que un


ejecutivo en un despacho “se haga una idea” de cómo va a quedar.

Ya te digo yo cómo va a quedar. Va a quedar de culo. Porque la sólida y admirable

estructura… no se va a ver. Nadie la va a admirar. Todo el mundo va a ver las paredes


endebles y el tejado que baila con el viento.

Ese ejecutivo en su despacho se va a leer tu escaleta después de haberse zampado el

último guión brillante de Javier Olivares y el montaje definitivo del último capítulo de

Cuéntame. Si es que hablamos de TVE. Si es Antena 3, cámbialo por el último capítulo

de Sin Identidad y la 4ª versión del guión de ese proyecto irresistible que está
desarrollando con Lavigne. Si es Tele 5, cambiálo por…
Dejémoslo.

La cuestión es que, por comparación, tu escaleta va a ser la peor pieza de narrativa que

ese ejecutivo va a leer ese día. Porque la mejor escaleta del mundo… es un coñazo de

leer. La escaleta tiene todo lo malo de la prosa y todo lo malo del guión… sin nada de


lo bueno.

Tienes que ceñirte al maldito presente de indicativo. Porque estás contando un guión,

al fin y al cabo. Puedes meter un poco de literatura aquí y allá, pero serán meros

parches. También puedes colar alguna línea de diálogo suelta, pero más en plan

decorativo que otra cosa.

En el fondo, lo que estás haciendo es poner las acciones y contar los diálogos. No hay


una manera brillante y entretenida de hacer eso. Simplemente, no puede hacerse.

Una escaleta es un híbrido indeseable, un error de la naturaleza. Un monstruo nacido


de la unión contra natura de un guionista perezoso y un ejecutivo inseguro.

El ejecutivo está inseguro porque está depositando un montón de responsabilidad (o

sea, de dinero) en manos ajenas. Le cuesta confiar en el guionista. Tal vez ni

siquiera confía en su propia decisión a la hora de contratar guionistas. Y es que no

siempre puedes tener a Javier Olivares, o a Manuel Ríos, o a Borja Cobeaga con Diego

San José.

El guionista es perezoso porque intuye que el ejecutivo no le va a entender. Porque ya

piensa en la maraña de reuniones que le esperan, explicando una y otra vez cada una

de sus decisiones. Como si su trabajo fuera saber por qué escribe cada maldita

palabra, y tener preparado un memorando para explicárselo al enésimo ayudante del


ejecutivo de desarrollo.

Así que ambos llegan a un compromiso de mínimos. La escaleta. Que es como un

guión, pero más corto, más pronto y más barato.


Y oh sorpresa, cuando el ejecutivo se lee la escaleta, encuentra que muchas

situaciones no están justificadas. Que los chistes no tienen gracia. Que los personajes

no son atractivos. Que la trama no engancha. Y que los giros son previsibles.

En otras palabras, que las paredes no aíslan y que el tejado hace aguas.


¿Y en qué posición te deja eso? ¿Cómo te defiendes? No puedes decir que las paredes
y el tejado son una mierda, porque, bueno… las has puesto tú. Tampoco te puedes
escudar en lo sólida que es la estructura, porque no está a la vista.

(Psssst, un secreto: las películas son estructura. No lo digo yo, lo dice William Goldman.
Bueno… y el sentido común. Pero, psssst, otro secreto: aunque todo el mundo, si lo
piensa un poco, reconocerá que lo más importante es la estructura, luego NADIE obra

en consecuencia. Sólo un arquitecto admira la estructura de la catedral de

Salamanca. El resto del mundo sólo ve el puto astronauta).

De manera que habrás hecho el 75% del esfuerzo… para que tu sólida y admirable

estructura acabe dinamitada, porque todo el mundo le achacará defectos que no son

de la estructura, sino de la decoración. Esa decoración que pusiste deprisa y


corriendo, por la inseguridad de un ejecutivo y por tu propia pereza.

Trata de poner esta escena es escaleta:

Necesitarás siete páginas para explicar todos los matices de la personalidad de Rick,


sin que parezca un gilipollas sin escrúpulos o directamente un sociópata con

problemas de logopedia.

Pero si gastas mucha tinta en matices, no podrás reflejar el ritmo endiablado que


quieres darle a los diálogos. Y ese ritmo cortante y sincopado es parte fundamental de

la forma de ser de Rick. Y de Renault. Sin eso, no se entenderá el final.

Pero si intentas poner algún ejemplo de los diálogos, no funcionará porque estarán

fuera de contexto. Y todo el mundo sabe que los chistes, fuera de contexto, no tienen

gracia.


Es una tarea imposible. No puede hacerse. De verdad.

Conozco sólo tres excepciones a esta norma:

1. Un proyecto original tuyo, escrito “on spec”. Si la escaleta te sirve como ayuda a ti


para estructurar la historia y reducir la escala del mapa, adelante. Nadie sabe mejor

que tú lo que necesitas para construir tu historia.

2. Una serie sin final a la vista, que ya está en producción. Entonces sí tiene sentido la


escaleta. Y no tanto para que la gente de desarrollo analice la historia, sino como

documento técnico de manejo interno. Al departamento de guión le servirá para poder

dividir el trabajo en dos equipos paralelos, escaletistas y dialoguistas. A Producción y

Dirección les permitirá avanzar trabajo: localizaciones, Arte, citaciones, etc.

3. Un guión de cine escrito por encargo. Ahí, muy frecuentemente, el guionista trabaja


mano a mano con un director que está en el proyecto desde el principio. Para que una
colaboración así sea fructífera, el director tiene que “ver” la película. (“Hacerla suya”,

que dicen ellos). Ahí sí tiene sentido partir de una sinopsis, pasar a un tratamiento… ir
poco a poco.

Pero en cualquier otro caso… Guionistas, productores, ejecutivos, amigos todos: ¿no



podríamos olvidarnos de la escaleta?
La escaleta es mala. La escaleta es caca. La escaleta es ETA.
CÓMO ESCRIBIR UNA BUENA ESCALETA (AHORA

DE VERDAD)
por Sergio Barrejón.
Una escaleta es un compendio resumido de las escenas que compondrán un futuro

guión audiovisual.

Sirve para contemplar a vista de pájaro la estructura de la historia, y de la ruta a seguir

para escribir el guión. En una palabra, la escaleta es el mapa del guión.

Escaleta de largometraje – The Analyst


Como cualquier mapa, la escaleta no puede ofrecer una visión detallada del terreno.

Sólo sus características principales. Lo importante aquí no es el detalle, sino la

posibilidad de otear toda tu historia en un vistazo.

¿Y cómo se escribe una escaleta? Pues así:

1. UNA ESCENA, UNA TARJETA: Diseñar la estructura es el trabajo más laborioso (y

rentable) que vas a acometer en todo el proceso de escribir tu guión. Te encontrarás


muchas veces sustituyendo escenas, cambiándolas de lugar, injertando parte de una

escena en otra… Todo esto es más fácil y agradecido de hacer si organizas cada escena


dentro de una tarjeta que luego podrás mover, eliminar o sustituir.

2. APAGA EL ORDENADOR. Casi cualquier software de guión te ofrece la posibilidad de

organizar cada escena en una “tarjeta”. Celtx o Scrivener, incluso, nos muestras las


tarjetas sobre un fondo que representa un corcho. ¿Por qué no usar un corcho de

verdad? La escaleta nos sirve para observar la estructura de un vistazo. Si hay que

hacer scroll ya no es lo mismo. Además, todos sabemos lo que va a ocurrir si haces


esto en el ordenador: cuando completes cuatro o cinco tarjetas, te sentirás tan bien

que correrás a contarlo en Facebook. Luego chequearás un momentito el email, un

vistazo rápido a Twitter, ver un par de trailers… Y antes de que te des cuanta será la


hora de cenar. No hagas eso. Apaga el ordenador. Baja a la papelería y compra

tarjetas. (Como decía Blake Snyder, ¡así podrás perder bastante tiempo!) Usa el

procesador de textos más antiguo del mundo (más conocido como lápiz) para

escribir cada escena en un post-it, o una tarjetita, que luego irás clavando en un


corcho, sujetando con imanes, pegando en la puerta o simplemente colocando en una

mesa. Una tarjeta, una escena.
“Califa”. Una miniserie que no salió. No he vuelto a escaletar en una mesa.

3. DOS FRASES. No estás escribiendo el guión. Éste no es un documento que otros

deban entender. La escaleta es para ti. Sintetiza cada escena en sus líneas maestras.


Sólo tienes una tarjeta por escena. No redactes bonito. Escribe simple. No narres. No

intentes contar la historia en la escaleta. Para eso está la sinopsis, que es un formato

literario. Y el guión, que es un formato dramático. La escaleta sólo es el mapa. Sólo la

quieres para ayudarte a recordar el camino cuando estés metida hasta el cuello en el

segundo acto, por ejemplo. Intenta no usar más de dos frases simples para cada

escena. Recuerda: sólo estás dejando miguitas para marcar el camino. “Julia pide


explicaciones a Marta” o “Diana encuentra la pistola de Héctor” son frases más que
suficientes para recordar en qué recodo del camino estás. Ya habrá tiempo para

montar el mecanismo porque el que Diana decide mirar dentro del altillo del armario

de Héctor. Olvídate ahora de los detalles. Lo importante para la historia es que Diana

descubre que Héctor escondía una pistola. Confía en tu talento para hallar más tarde


una manera natural y lógica de que eso ocurra. Tampoco pasa nada si tienes que usar

tres frases (o diez) para una escena en concreto. Es un documento para ti, no va a

venir la policía del guión a multarte. Pero como gimnasia mental, mantenerse por

debajo de las dos frases, ayuda mucho a ser sintético. Y si no vas a ser sintético, ¿para

qué haces una escaleta?

4. USA DATOS. Igual que los mapas informan de su escala, de dónde está el norte y de

qué significa cada icono, conviene que tu escaleta contenga datos básicos para cada

escena: INT./EXT., localización, DÍA/NOCHE, e incluso una breve lista de los personajes


que intervienen en la escena (si no son evidentes por el contenido de la escena).

5. PUEDES USAR DIÁLOGO. En principio, la escaleta no es territorio para el diálogo,

pero quizá haya tres o cuatro sitios donde tienes clarísimo qué van a decir los

personajes. A veces una determinada réplica sintetiza la escena mejor que dos frases

explicativas. Adelante con ella. Pero no lo conviertas en norma.


“La catedral del mar”, cap. 3. Bandas metálicas e imanes, mi sistema preferido.
6. ANTE LA DUDA, APÚNTALO. ¿Tienes una idea para una escena pero no sabes dónde

encajaría? ¿Se te ha ocurrido la circunstancia perfecta para que Diana decida mirar en

el altillo de Héctor? ¿Has pensado en una línea de diálogo a la que no quieres

renunciar? Perfecto. Apúntala brevemente en una tarjeta y deja la tarjetita en un

montón aparte, o clávala en un rincón solitario del corcho. Ya llegará el momento de

encontrarle su lugar (aunque sea la papelera). Aún falta mucho para ponerse a


escribir, no te angusties. Es normal que algunas piezas no encajen en el puzzle a la

primera.

7. USA VARIOS COLORES. Estás organizando tu escaleta en tarjetas de papel para

poder observar en un solo vistazo el conjunto de la historia. Esto te resultará más fácil

si usas dos o tres colores distintos. Por ejemplo, puedes usar un color determinado

para las escenas en las que aparece Fulanito. Otro para los flashbacks. Otro para los


EXT./NOCHE. Otro para esas ideas sueltas del punto 6, que aún no sabes dónde van.

Así, cuando tengas todo tu puzzle de tarjetas completo, sabrás de un vistazo si te has

olvidado de Fulanito durante todo el segundo acto, si te estás pasando con los

flashbacks o si tienes demasiados EXT./NOCHE. (Como norma general, siempre tienes


demasiados EXT./NOCHE. Y si no, pregunta a Producción).

8. INVIERTE VARIOS DÍAS. Estás dibujando el mapa del tesoro. Los planos de la

catedral. No intentes hacerlo rápido. Si hay un lugar donde no debes ahorrar esfuerzo,

es aquí. Una escena mal dialogada se arregla en una tarde. Una estructura chapucera

te dará problemas durante meses. Si tu escaleta está bien construida, repensada y


perfeccionada, escribir será un placer. Incluso cuando decidas hacer cambios sobre la

marcha, los harás con seguridad, sabiendo qué puedes eliminar y qué necesitas

conservar.

Cuando, dentro de varios meses, estés discutiendo sobre la tercera versión de guión

con tu productor, sabrás sin tener que pensarlo qué cosas son intocables. Podrás
explicarlo con autoridad y seguridad. Y quien te escuche pensará “vaya, esta tía sabe

de lo que habla”. Pero para eso necesitas sudar delante de los papelitos. Necesitas


echarle horas, días y semanas. Dejarlos reposar un fin de semana y replantearte las
cosas de nuevo el lunes. Mirarlos, mirarlos, mirarlos… Hasta odiarlos.
9. HAZLES FOTOS. Cuando tengas la estructura completa, hazle fotos con tu móvil. No

hablo de planos generales del “tetris” de tarjetitas como los que ilustran este post

(aunque luego son muy útiles para presumir en Facebook). Saca planos cercanos. Que

llegado el momento puedas leerlas sin problema. Guarda estas fotos en tu Dropbox o

envíatelas por email. O las dos cosas. Por un lado, eso te permitirá llevarlas encima y


trabajar en ellas donde quieras. Pero sobre todo, son una copia de seguridad. Aunque

no te lo parezca, ya has hecho la mitad del trabajo. No te expongas a perderlo todo


por culpa de algún imponderable.

10. NO LAS PASES A LIMPIO. Haz y rehaz las tarjetas todas las veces que quieras. Si

están llenas de tachaduras y se hacen ilegibles, puedes rehacerlas a ordenador. Pero

siempre sintetizando. Intentando mantenerte dentro de las dos frases mágicas. A no

ser que alguien te pague por redactar un documento razonado con esas tarjetas… no


lo hagas. Todo tu esfuerzo de síntesis se irá al traste. Durante el tiempo en que has

trabajado la estructura, has ido acumulando ganas de escribir. De contar la puñetera

historia. De dialogar. Pues… ¡haz eso! Pasar a limpio sólo se hace por obligación: si la


escaleta es un ejercicio de escuela, o si tienes un productor esperándola (y pagándola).

En caso contrario, es procrastinación. Vértigo. Miedo a dar el siguiente paso. Acepta

ese miedo sin avergonzarte. Lo tenemos todos, y es para toda la vida. No se trata de

vencerlo. Basta con no dejar que te venza él a ti. Simplemente, ponte al teclado y

escribe el guión. No lo demores más con formatos intermedios. Planta tus manos en

las teclas y disfruta escribiendo acciones y diálogos. Recuerda: en este punto, ya has


hecho la mitad del trabajo. La mitad más dura. Ahora todo es placer.

Ya está. No tiene más misterio. Cualquiera puede hacerlo. Leticia Dolera


usa cuadraditos. Dustin Lance Black se pasa semanas encorvado frente a una mesa.

Blake Snyder en Salva el gato aseguraba que al final del proceso sólo se permitía tener


40 tarjetas, ni una más. Cada uno tiene sus manías.

Puedes hacerlo en una mesa, en una ventana, en un corcho con chinchetas, en una
pizarra con imanes, en bandas metálicas en la pared… A tu gusto. Pero lo cierto es que
sólo te hace falta un bolígrafo, un taco de tarjetas y un sitio amplio donde

disponerlas.


Bueno, eso… y una historia que contar, claro.

LAS REGLAS PARA ELEGIR PALABRAS

1) No repetir. La repetición reiterada de una palabra de significado pleno en un periodo




breve provoca monotonía y aburrimiento.

2) Evitar las muletillas. A menudo algunas expresiones actúan como autenticas muletillas




o clichés lingüísticos. Se pueden utilizar para llenar vac íos o articular una frase coja, pero

demasiadas veces se abusa de ellas sin motivo. He aquí las principales muletillas: a nivel

de; en cualquier caso; en función de; es evidente; de entrada; para empezar; de alguna

manera, evidentemente; como mínimo; bajo el punto de vista; personalmente; pienso que;

quiero decir que; el hecho de que, el acto de; etc.

3) Eliminar los comodines . El comodín es la palabra, verbo, adjetivo, de sentido bastante




genérico que usamos cuando no encontramos la palabra específica. Si se abusa de ellos

empobrecen la prosa y la vacían de contenido, ejemplos: Nombres como; aspecto, cosa,

elemento, hecho, problema, tema. Verbos como, decir, hacer, poner, tener. Adjetivos




como, bueno, interesante, positivo.

4) Usar palabras concretas y evitar las palabras abstractas . Las palabras concretas se




refieren a objetos o sujetos tangibles; el lector las puede descifrar fácilmente porque se hace

una clara imagen de ellas asociándolas a la realidad. En cambio, las palabras abstractas

designan conceptos o cualidades más difusos y suelen abarcar un número mayor de

acepciones., el lector necesita más tiempo y esfuerzo para captar su sentido.

5) Utilizar palabras cortas y sencillas . La palabra corriente es a menudo más corta y ágil y




facilita la lectura del texto.




































Seis requisitos para escribir un

microrrelato
Entrega 3

1. Comienza por la mitad
El microrrelato, por su extrema brevedad, no deja lugar para desarrollar

escenas, explicar los antecedentes de la trama o desarrollar un personaje.

En resumen, ve al grano.
2. No incluyas demasiados personajes
De nuevo, en el microrrelato no hay lugar para describir a tus personajes.

De hecho, puedes incluso no darle nombre a tus personajes, a no ser que

su nombre revele alguna información útil, y ahorrarte así una palabra.

Recuerda además que con un único personaje suele ser suficiente, dos

pueden tener cabida, tres o más son multitud. Luego veremos algunas

ideas sobre cómo manejar al personaje en un microrrelato.
3. Asegúrate de que el final no es el final
Una de las características más reseñables del microrrelato es que, más que

en ningún otro género de ficción, el lector debe completar la historia

narrada. Esta debe llevar implícito un corolario al que el lector debe llegar

por sí solo cuando concluye la lectura.

Por supuesto, debes haber dado toda la información necesaria para que el

lector pueda atar cabos y llegar a la conclusión correcta. También

hablaremos después sobre el final.
4. Piensa bien el título
El título debe ser revelador pero sutil, apuntar con delicadeza hacia esa

lectura implícita que debe hacer el lector, a la historia por debajo de la

historia que late en todo microrrelato.

En definitiva, el título debe completar el microrrelato, siendo una luz que

ilumine su sentido último.
5. Haz que la última línea resuene
Como ya hemos dicho, la última línea de un microrrelato no debe ser el

final. Por eso debe lograr conseguir que el lector siga pensando en ella y

en lo que acaba de leer. La última línea no debe completar la historia, sino

llevarla a un nuevo lugar.
6. Primero escribe, luego corta
Escribe la historia que tienes en mente. Una vez la tengas, empieza a

podar. Trata de concretar, de quitar todo lo superfluo, de ir al grano.

Reduce y reduce.

Ahora que ya tienes una idea general sobre este particular género, vamos

a contarte los siete pasos que debes dar para escribir un microrrelato:

idea, misterio, vuelta de tuerca, etc. Son elementos que debes tener en

cuenta.

martes, 14 de febrero de 2017


EL PUNTO DE VISTA

Es la perspectiva con la que se cuenta una historia: desde qué posición y con qué nivel de conocimiento se narran los hechos.

Al elegir el narrador, condicionamos el punto de vista.

El narrador selecciona los hechos. Los presenta de un modo determinado según su propósito. Marca el tono de la narración.

Ordena los hechos.

Caracteriza a los personajes.

Guía el transcurso de la acción.

No debemos confundir al narrador de la historia con el autor de la misma.

Hay dos tipos de narradores: el objetivo y el subjetivo.

 

NARRADOR OBJETIVO

Es el que cuenta la historia desde fuera de la trama. Siempre nos ofrece su punto de vista desde fuera, de ahí su objetividad, y siempre utiliza la tercera persona para narrar la historia.

El narrador objetivo puede ser: omniscente o simple observador.

 

NARRADOR OMNISCENTE: Lo sabe todo de todos los personajes: lo que hacen, lo que hicieron, lo que harán, lo que piensan, lo que sienten, lo que sueñan... resumiendo, es Dios.

Omniscente: Ejemplos de obras que tienen un narrador omnisciente:


1. Crónica de una muerte anunciada.- Gabriel García Márquez.
“El día en que lo iban a matar, Santiago Nassar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo…”.

2. Don Quijote de la Mancha,-Miguel de Cervantes Saavedra.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los que lanza en astillero,  adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

3. El Señor de los Anillos.-J.R.R. Tolkien
(Parte 3: El retorno del rey). “Pippin miró fuera amparado en la capa de Gandalf. No sabía si estaba despierto o si dormía, dentro aún de ese sueño vertiginoso que lo había arrebujado desde el comienzo de la larga cabalgata”.

3. Harry Potter y la piedra filosofal.-J.K. Rowling.
“El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente”.

4. La Cenicienta.- Hermanos Grimm.
“Un hombre rico tenía a su mujer muy enferma y cuando vio que se acercaba su fin, llamó a su única hija y le dijo:…”.

5. Caperucita Roja.-Hermanos Grimm.
“Érase una vez una pequeña y dulce coquetuela a la que todo el mundo quería con sólo verla una vez; pero quien más la quería era su abuela, que ya no sabía ni qué regalarle”.

NARRADOR TESTIGO:

Testigo impersonal: está determinado por la fotografía y el cine, ya que nos da la mirada de una cámara. Casi siempre en tiempo presente, se limita a contar lo que se ve. Como ejemplo de este tipo de narrador, tenemos La Colmena, de Camilo José Cela.

Don Pablo extiende el periódico sobre la mesa y lee los titulares. Por encima de su hombro, Pepe procura enterarse. La señorita Elvira hace una seña al chico.

El anterior es un pequeño fragmento de la novela de Cela “La colmena”. Como vemos, el narrador cuenta lo que pasa, sin implicarse en absoluto. Basta imaginar la escena como si la captara una cámara de cine, pero así durante toda la narración. Aunque parezca fácil, no lo es. El autor tiene siempre que morderse la lengua para no intervenir en la narración. No puede juzgar nada, no puede hacer afirmaciones que impliquen una participación más activa. Procura mantenerse siempre en un segundo plano. Eso sí, deja hablar libremente a sus personajes a través de los diálogos, de la forma más directa posible.

Testigo presencial: narra los hechos ocurridos tiempo atrás que él (o ella) presenció en persona. Como ejemplos de este tipo de narrador tenemos al conocido Doctor Watson, ayudante del detective Sherlock Holmes o a Íñigo Balboa, que en la saga escrita por Arturo Pérez Reverte recuerda las aventuras que vivió cuando era un muchacho junto al Capitán Alatriste.

NARRADOR SUBJETIVO

Forma parte de la historia y la cuenta como él la ve. Así nos cuenta los que hacen otros personajes y lo que él hace, siente o piensa. Puede ser el personaje principal o uno secundario.

 

 

MONÓLOGO INTERIOR: Es una expresión de los pensamientos y sentimientos  más íntimos, e inconscientes, reproducidos en primera persona. Es un discurso anterior a cualquier organización lògica y se realiza en frases directas y sin apenas sintaxis.